Iria Saavedra, violinista profesional y experta en superar el miedo escénico, compartió su historia en Tinku Café para ayudar a quienes enfrentan el temor de exponerse en público, ya sea en un escenario o en la vida cotidiana. Con una experiencia personal profundamente transformadora, Iria ha convertido su proceso de superación en una guía para otros artistas, profesionales y cualquier persona que sienta ansiedad al ser observada o evaluada.
El miedo escénico, una barrera silenciosa
Durante la entrevista, Iria explicó que la glosofobia, o miedo a hablar en público, afecta a una gran parte de la población. En el caso de los artistas, la presión se intensifica. Ella misma vivió este miedo desde el inicio de su carrera como violinista, hasta el punto de depender de un betabloqueante para controlar los temblores físicos.
Pero, como bien señala, esta situación tenía un costo emocional: su autoestima se veía comprometida al sentir que necesitaba de un apoyo externo para poder desempeñarse profesionalmente. El punto de inflexión llegó cuando decidió trabajar en sí misma, iniciando un proceso de introspección y crecimiento personal a través de la musicoterapia.
De paciente a guía: el nacimiento de un nuevo propósito
Gracias a ese proceso, Iria no solo logró superar su propio miedo, sino que también encontró una nueva vocación: ayudar a otros a vencer ese mismo temor. Empezó trabajando con músicos y artistas, pero pronto entendió que el miedo escénico no se limita al escenario. Es un fenómeno que se manifiesta en la vida cotidiana, cuando evitamos hablar, expresar una emoción o incluso asistir a un evento social por miedo al juicio o al rechazo.
Según Iria, muchos se autoengañan evitando enfrentarse a sus verdaderos deseos, como emprender un proyecto o hablar en público, disfrazando ese temor como desinterés o conformismo.
La importancia de la honestidad personal
Uno de los pilares en su trabajo es invitar a las personas a ser honestas consigo mismas. Iria explicó que ella misma descubrió que el miedo a ser vista vulnerable era una gran barrera, alimentada por el orgullo y la necesidad de control. Reconocer estas emociones y aceptar las propias luces y sombras es clave para poder conectar con el público de manera auténtica.
Este proceso implica también dejar atrás los “personajes” que nos construimos para encajar y protegernos. Para Iria, mostrarse tal como uno es, con autenticidad, es la base para una comunicación verdadera y poderosa.
El miedo escénico no se elimina, se transforma
Aunque Iria reconoce que el miedo no desaparece del todo, sí se transforma. El secreto está en entenderlo, colocarlo en su sitio y utilizarlo como un motor para reconectar con lo que se desea compartir con el mundo. Esa reconexión es, en sus palabras, “una invitación a volver adentro”.
Iria también resalta que muchas veces el miedo escénico no comienza en el escenario. Se construye en la vida cotidiana, en pequeños gestos de auto-censura, cuando evitamos decir algo por miedo a no encajar. Este patrón de comportamiento se traslada luego a situaciones más visibles, como hablar ante una audiencia o tocar un instrumento.
Un proceso estructurado para recuperar la confianza
Actualmente, Iria ofrece un programa de acompañamiento de tres meses más uno de seguimiento, que puede realizarse de forma presencial o remota. Este proceso incluye herramientas prácticas y trabajo progresivo de exposición, y busca dotar a cada persona de la capacidad para enfrentarse con confianza a las situaciones que antes le generaban ansiedad.
No se trata de una cura milagrosa, sino de una transformación profunda y sostenida en el tiempo. “Es como meditar: no sirve hacerlo un día, sino incorporarlo en tu vida como una práctica constante”, afirma.
Conclusiones: más allá del escenario
La historia de Iria Saavedra nos recuerda que el miedo escénico es un reflejo de inseguridades más profundas. Pero también que es posible enfrentarlo, comprenderlo y convertirlo en una herramienta de crecimiento personal. Su trabajo no solo ayuda a mejorar habilidades de comunicación o desempeño profesional, sino que impacta directamente en la manera en la que las personas se relacionan consigo mismas y con el mundo.
Su mensaje final es claro: “Hay una esperanza, y además es un viaje precioso”.



































