En una época marcada por altos niveles de estrés, ansiedad, depresión y enfermedades neurodegenerativas, la musicoterapia emerge como una alternativa terapéutica poderosa y poco convencional. Iria Saavedra, violinista, mentora de artistas y musicoterapeuta, comparte su experiencia y visión sobre cómo la música puede convertirse en una herramienta integral de transformación y sanación.

Desde su formación en el máster de musicoterapia en la Universidad Autónoma de Madrid en 2015, Iria ha profundizado en las múltiples aplicaciones de esta disciplina. Su primer contacto fue con una violonchelista que trabajaba con niños con cáncer, y desde entonces no ha dejado de explorar los efectos de la música en personas en situaciones críticas de salud y en procesos personales de crecimiento.

La musicoterapia no es solo escuchar música

Uno de los principales conceptos que Iria desmonta es la idea de que la musicoterapia se limita a escuchar melodías relajantes. La práctica real implica una participación activa del paciente. Cantar, moverse, tocar instrumentos, incluso gritar o escribir, forman parte del proceso terapéutico. «No es lo mismo escuchar que estar sumergido en la experiencia», explica Saavedra.

La diferencia radica en que cuando una persona participa activamente en la creación sonora, se estimulan áreas del cerebro relacionadas con la motricidad, la memoria, la expresión emocional y la comunicación, generando beneficios que van más allá de la simple relajación.

Casos reales que demuestran su impacto

Durante la entrevista, se mencionan historias conmovedoras de pacientes con Alzheimer o que han sufrido ictus, quienes, a pesar de haber perdido funciones cognitivas, reaccionan al estímulo musical de manera sorprendente. Iria ha presenciado cómo personas que no podían hablar volvían a emitir palabras mediante el canto, revelando así conexiones cerebrales que solo la música parece activar.

«La música conecta áreas del cerebro que no se activan con el lenguaje hablado», afirma con rotundidad. Esta capacidad de la música para desbloquear emociones y funciones neuronales perdidas convierte a la musicoterapia en una herramienta terapéutica válida y efectiva.

La validación científica de la musicoterapia

Aunque aún se requiere mayor investigación empírica, Iria destaca que cada vez hay más estudios que avalan científicamente los beneficios de la musicoterapia. Esta creciente evidencia ha facilitado su integración en hospitales, centros educativos y de rehabilitación, convirtiéndose en una pieza clave dentro de los equipos multidisciplinarios de salud junto a médicos, psicólogos y fisioterapeutas.

Un enfoque personalizado y humano

Una de las fortalezas del enfoque de Iria es la adaptación de la terapia a cada individuo. No todas las personas requieren el mismo tipo de intervención, y a veces lo primero que se necesita es aceptar las emociones tal como son, sin intentar reprimirlas o cambiarlas de inmediato.

«La premisa es aceptar lo que es. Si la persona quiere hacer el viaje, se le acompaña, y si no quiere, se respeta», explica. La musicoterapia, en este sentido, no impone un camino, sino que lo transita junto al paciente con empatía y escucha.

La voz y el cuerpo como instrumentos esenciales

Más allá del violín o la guitarra, Iria destaca que el primer instrumento que todos poseemos es nuestro cuerpo y nuestra voz. No se necesitan grandes recursos para empezar a trabajar con la música de manera terapéutica. Incluso prácticas como los kirtans o el uso de cuencos tibetanos pueden tener un efecto positivo en el bienestar general, si bien no sustituyen el acompañamiento profesional.

Sesiones individuales y grupales: una experiencia colectiva

Iria ha facilitado tanto sesiones individuales como grupales, dependiendo del caso. En contextos como los cantos de mantras o actividades como la «ecstatic dance», la energía grupal potencia el impacto emocional. Sin embargo, subraya que hay casos que requieren primero un tratamiento individualizado.

«Estamos tan desconectados en la sociedad que volver a compartir música en grupo es como un subidón energético», sostiene. La música compartida tiene un efecto integrador y emocionalmente sanador que pocas experiencias igualan.

Frecuencias, meditación y el entorno

En los últimos años, ha ganado popularidad el uso de frecuencias específicas (como 432 Hz o 528 Hz) para inducir estados de calma o favorecer el sueño. Aunque la validación científica de estas prácticas es aún limitada, Iria considera que si funcionan para la persona, deben ser valoradas. «Todo lo que sienta bien, bienvenido sea», dice.

Para ella, el entorno también influye: una casa limpia, ordenada, con música apropiada y quizás una vela encendida, puede transformar el estado anímico. La música, como parte del ambiente, tiene el poder de cambiar nuestra energía.

La invitación a reconectar con uno mismo

La entrevista concluye con una poderosa invitación: «Que todo el mundo lo pruebe», dice Iria. La musicoterapia permite reconectar con el cuerpo, las emociones y la historia personal de cada uno. Es una vía para liberar tensiones, recuperar capacidades y reencontrarse con uno mismo.

En tiempos donde la desconexión personal parece la norma, volver a escucharnos a través de la música puede ser una de las formas más efectivas de sanar.

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